domingo, 26 de octubre de 2008

CONTINUIDAD (LAS HORAS de STEPHEN DALDRY)

Al principio y al final de la película vemos una corriente de agua y a una mujer decidida a ahogarse en ella. Al principio vemos también el cadáver de esa mujer sumergido en la profundidad del río, y el brillo de una alianza en un dedo de su mano. Al final no hay cadáver. Lo que ocurre entre estas dos dos escenas es la historia de esa corriente de agua y la explicación de por qué al final ya no vemos el cuerpo de la suicida. O algo parecido.

En realidad, el relato de Las Horas se construye con una mezcla muy precisa de fragmentos de tres historias separadas en el tiempo: la de Virginia Woolf, a principios del siglo pasado, escribiendo Mrs. Dalloway envuelta en un halo de tristeza y enfermedad, y presintiendo su suicidio; la de un ama de casa, recién acabada la Segunda Guerra Mundial, que se hace consciente de su malestar vital leyendo aquella novela y toma una trascendental decisión; y la de una editora de nuestros días que parece, huyendo de sí misma, una nueva versión del personaje creado por la Woolf.

Las Horas es una adaptación muy fiel de la novela de Michael Cunningham, hasta tal punto que casi podría pasar por su guión literario. Sin embargo, la naturaleza del medio original hace que las diversas acciones se encuentren allí separadas en capítulos, mientras que la continuidad cinematográfica, su magnífica construcción, mejor dicho, permite la recreación de un continuum de espacios, tiempos y personajes, sentido último de la novela mejorado notablemente en la adaptación. A ello contribuye también la música de Philip Glass, que lo envuelve todo y se adapta al tempo (musical) ya impuesto por esa inusual continuidad de las imágenes en la película.

La aparente complejidad del relato se suaviza, o llega a obviarse, con el buen trabajo de tres actrices, en especial Julianne Moore. Bueno, con tres actrices y la presencia magnética de un niño-actor, con una mirada que, como Ana Torrent en El espíritu de la colmena, se come vivo a todo el que se ponga por delante.

Stephen Daldry, su director, que ya hizo bailar a Billy Elliot en contra de todos los prejuicios de su entorno, se ha empeñado aquí en demostrar que si alguien muere es para que otros tomen conciencia del valor de la vida, que los sacrificios de unos se convierten, tarde o temprano, en ventajas para otros; que la vida es, al fin, una corriente de agua que moja y pone en contacto a toda la humanidad, a los vivos y a los muertos. Y resulta convincente: al progresar el relato, además de componer el puzle de las relaciones entre personajes, también se explica por qué hoy una lesbiana puede poner nombre a sus sentimientos, sin confundirlos con la demencia y sin que la sumerjan en un río con piedras en los bolsillos. El cadáver, de alguna manera, al final ya no está. La continuidad cinematográfica, tan “deslumbrante” en la película, se convierte en una “lúcida” metáfora.

No hay comentarios: