miércoles, 1 de octubre de 2008

Cumplida cuota de pantalla. Los girasoles ciegos (José Luis Cuerda, 2008)

Canciones de posguerra, retaguardias que miran a otro lado, guerrilleros de una guerra perdida o libertarias idealistas luchando entre hombres, desde los albores de la transición el cine español tiene suscrita una cuota de pantalla con el pasado, la obligación informal de dar a conocer a los espectadores el tiempo oscuro y macabro provocado por la Guerra Civil, lleno asesinos y asesinados, de delatores y perseguidos, de represores y reprimidos. Año tras año, el cine autóctono da otra vuelta de tuerca al sufrimiento, lisonjea y se rinde ante la película que se le aproxime, aunque más de uno se pregunte si el dolor puede describirse, o si retratarlo en exceso no anestesia y vuelve improductivo cualquier de intento de conmover.

Los girasoles ciegos, adaptación de la novela homónima de Alberto Méndez, está dentro de esta cuota. La película discurre en la Galicia posbélica, donde Elena (Maribel Verdú) sobrevive junto a su hijo Lorenzo (Roger Princep) componiendo una doble vida: la exterior, adaptada en apariencia a la nueva situación impuesta por los vencedores, y la interior, la de una vencida que esconde a su marido perseguido. En ellas irrumpirá Salvador (Raúl Arévalo), un seminarista cuyas certezas se quedaron en las trincheras, atormentado por el deseo incontenible hacia Elena. Con estos personajes, acompasados en el guión del añorado Azcona, el drama que plantea Cuerda con estilo sobrio y realista intenta explotar la muerte y el dolor sin conseguirlo del todo. En ocasiones se sitúa en la mirada de Lorenzo, un niño al mismo tiempo inocente y maduro, capaz de asombrarse y mentir para salvar la vida de su padre, en otras –no sé hasta qué punto voluntariamente- roza la comedia al detenerse en los torpes flirteos de Salvador, todo con cierto aire de pastiche.

José Luis Cuerda incide con Los girasoles ciegos en la línea que ya abrió en La lengua de las mariposas (1999), con la diferencia de que la reincidencia en el ciclo bélico y posbélico, el tributo a la memoria –con todo lo necesario que fue durante mucho tiempo-, ya es un tostón.

1 comentario:

Jordi Sánchez Navarro dijo...

Bien, Señor Pivodi, para ser una crítica corta. El primer párrafo es perfecto para situar el film dentro de una cierta tendencia del cine español. El resto mantiene el equilibrio si bien habría que explicar un poco más por qué la película intenta explotar la muerte y el dolor sin conseguirlo del todo.