viernes, 14 de noviembre de 2008

DESASOSIEGO (LA MALA EDUCACIÓN de PEDRO ALMODÓVAR)



Nunca antes le vino tan bien a una obra de Pedro Almodóvar ese estilo tan particular que cultiva, a medio camino entre la ordinariez, hoy refinada, y la poética, hoy elaborada. Sólo quizá su anterior película, Hable con ella, transita de una forma tan fecunda como La mala educación por las lindes quebradas de realismo y surrealismo. La senda se hace aquí tenebrosa pero igual de reflexiva y explícita. Y sin embargo, el desasosiego que puede provocar ésta en el espectador se ha multiplicado con respecto al confort que proporcionaba aquélla. ¿Cómo lo ha conseguido? Fundamentalmente a través de una narración construida como una espiral de textos y voces que versionan, inventan y desmienten los sucesos de la historia. Y así, sin que éstos pierdan peso ya que sobre ellos gravita la acción, propiciar que el relato avance centrado en las opacas motivaciones de los personajes para alterarlos. Realidad y apariencia, sordidez y sublimación, moralidad y transgresión… El hilo, fino pero tenso, que da puntadas a estas costuras proviene directamente del lado perverso de la naturaleza humana, de los treinta minutos que vivimos después de la medianoche en el jardín del bien y del mal. Todos nosotros, todos los días.

Ignacio/Ángel es un actor en paro que incita a un antiguo amigo, Enrique, ahora un director de cine también sin proyectos, a rodar una película basada en los recuerdos del tiempo que pasaron juntos en un colegio religioso. Allí se enamoraron y sufrieron el acoso de su profesor de literatura, el padre Manolo. Ángel no sólo le entrega el relato que ha escrito sino que también pretende protagonizar la película, y acaba convertido en su amante. Pero ninguna de las historias termina de cuadrar, ni la del presente ni la del pasado, ni tan siquiera la ficción que introducen el relato y la película.

El mayor mérito de Almodóvar es hacer que las múltiples bifurcaciones y sucesos paralelos que se despliegan en el transcurso de esta intrincada historia sean siempre elementos enriquecedores de su núcleo, sin que el espectador se sienta frustrado cuando son apartados u obviados por los continuos volantazos de la narración. Es decir, que la forma sinuosa con que se construye la película proporciona la claridad que no tiene la historia. Una claridad que apunta siempre a las transformaciones de los personajes y los hechos, no a los hechos mismos ni a los personajes; que está en la médula y no en el hueso. La médula se llama aquí pulsión de poder, en la posesión o el abuso; y el hueso, sexualidad. Lo más inquietante es que al trascender, quien lo necesite, la retórica e iconografía gay que utiliza el director y guionista para explorar su propia sexualidad, el discurso se universaliza fácilmente, aunque nos cueste reconocernos en un espejo tan aparentemente deformado. De ahí que la mezcla de verismo y surrealismo que utiliza sea la manera más honesta, y cruel, de acercarnos a la imagen más borrada en nosotros de nosotros mismos. A esta historia sobre la perversidad humana se le ha dado una forma perversamente inteligente.

Todas las interpretaciones parten de la fragilidad de los personajes y los actores: bajos, envejecidos, inexpresivos… para revelar lo falso de las apariencias. Gael García Bernal, Fele Martínez y Lluis Homar saben (magistralmente) que son también, o por encima de todo, lo que desean, y no simplemente lo que quisieran ser.

La mirada oblicua de Almodóvar, sustentada en personajes que se mueven a gusto en la paradoja y que tan bien le ha funcionado con caracteres femeninos, se pone a prueba, saludablemente, aquí. Y no porque se centre en un mundo impenitentemente homosexual sino porque se detiene descarnadamente en algo por lo que antes sólo había pasado de puntillas: la sexualidad, sin sus habituales excusas sentimentales. Ésta no es una historia de sentimientos sino de lo que éstos normalmente disfrazan y ocultan, de deseos incontrolados de posesión y poder. De tal manera que esa cadena de transformaciones, engaños, excusas y abusos, milimétricamente encajados, se revela como metáfora reflexiva de las relaciones que establecemos cuando cumplimos una ley formulada de antiguo. Y es que media hora diaria dedicada al mal frecuentemente nos sabe a poco.

2 comentarios:

Jordi Sánchez Navarro dijo...

¡Crítica Perfecta!

Nuria F. dijo...

Espectacular crítica, Fernando. No sé que más decir, me quito el sombrero...