sábado, 13 de diciembre de 2008

EL TEOREMA DE LAS MIL Y UNA NOCHES (LAS MIL Y UNA NOCHES de PIER PAOLO PASOLINI)


Aunque podríamos presentarlo así: ¿qué le ocurrirá al curtido poeta metafísico al ser visitado por un joven dios de la realidad?, y aventurar como hipótesis que probablemente permanecerá inerte y morirá desgarrado por dos polos de atracción que presume incompatibles, será imposible revalidarlo con Pasolini. El autor se había esforzado tanto en compaginar la subjetividad artística con la objetividad intelectual que, cuando se le apareció el dios, ya estaba desgarrado y vio la oportunidad de recomponerse en él. Una compostura que fue sólo un apaño temporal porque en su interior seguía latiendo, con la misma violencia, la amargura infinita de no ser él mismo el dios.

Las mil y una noches (1974) formaba parte de un único proyecto que después se desgajó, con El decamerón y Los cuentos de Canterbury, en su conocida “Trilogía de la vida”. Se basaba en la visión popular de entretenimiento gozoso que tienen esos tres clásicos. Y en su selección de relatos, buscó aquellos en los que la acción fuese tan explícita que no necesitara de la interpretación del espectador. Es decir, desechó, de alguna manera y como premisa, la metáfora poética. Y a pesar de todas las contradicciones que pueda plantear el film con la ideología del autor, como obra artística y también industrial, es del todo consecuente, si no paradigmática, con sus planteamientos teóricos.

Pasolini había declarado un "profundo amor por la realidad", que aquí se presenta esplendorosamente significativa en su mirada, como signo de sentido transparente. Esta confianza y apuesta se traslada también a una narración convencional que no distorsione el lenguaje con el que habla la realidad. Así y de momento, ya están descartados simbolismo y formalismo, recursos expresivos del cine cuando, según Pasolini, habla con lengua de poesía. Y para cerrar el círculo es necesario establecer una relación dialéctica con el espectador: los valores de la realidad mostrada se presentan como alternativa a la alienación generalizada por el consumismo contemporáneo.

El dios que se le aparece al autor le muestra un mundo de rostros, cuerpos, gestos, actitudes, acciones… y también lugares, objetos, colores… que irradian, en sus palabras, "una gran dignidad, un equilibrio entre lo que se es y lo que se pretende ser, un eros profundo, violento y feliz…" Y está escrito en la naturaleza con una poética tan turbadora que Pasolini se siente obligado a no interferir premeditadamente en ella. Su estilo será precisamente la ausencia de estilo: los “estilemas” consensuados históricamente en la narración clásica y naturalizados por el espectador.

El autor se ha recompuesto de una etapa creativa en la que predominaba la exacerbación de su mundo mental en oscuras composiciones formales. Ahora su cine es un cine sin estilo porque parece la mejor manera en que el cine (medio) puede "escribir el cine de la naturaleza.” La poética está en los “cinemas”, en la realidad, y se adhiere misteriosamente a los “sintagmas” cinematográficos, a los instrumentos de su lenguaje, cuando no se emplean “estilemas” de autor. Todo en uno: pensamiento (lenguaje racional) y realidad (lenguaje irracional).

Y por el mismo precio, añadirán algunos al comprobar el éxito comercial de sus provocativas propuestas de simple entretenimiento, que además se entregan de una manera tan impersonal y descuidada que más bien parecen una desafortunada mezcla de reportaje etnológico y ficción erótica.

¿Cómo saber dónde está la verdad? Quizá, como se dice en el prólogo de Las mil y una noches, no está en uno sino en muchos sueños. Quizá existan así muchas verdades. O quizá no exista ninguna, que vendría a ser lo mismo, porque a estos cuentos les seguirá una escenificación del desesperado grito final de Teorema: de nuevo la travesía del ego en el desierto… Quizá la única manera de acercarse desprejuiciadamente a las aparentes contradicciones de Pasolini sea suponer que la verdad, si existe y a alguien le interesa, es indescifrable. Y si los trozos de realidad que nos muestra y la manera en que lo hace nos hablan crítica e inteligiblemente de nosotros mismos, entonces es que la poética del autor nos está envolviendo. Una estética cortada con el patrón de su ética.

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