domingo, 14 de diciembre de 2008

Los cuatrocientos golpes

Francia. 1958. 97 min. B/N
Director: François Truffaut
Guión: F. Truffaut y Marcel Moussy
Fotografía: Henri Decae
Música: Jean Constantin
Intérpretes: Jean-Pierre Léaud, Albert Remy, Claire Maurier, Guy Decomble, Yvonne Claudie, Pierre Repp, Georges Flamant, Robert Beauvais.


Los cuatrocientos golpes es, para muchos, la punta de lanza de la Nouvelle Vague francesa y obra maestra del director François Truffaut. Es por ello por lo que las inquietudes de este grupo de “autores”, como ellos mismos se definían, se ven reflejadas en la cinta.

La temática fue una de las grandes preocupaciones del director francés. Defendió un cine de ideas, de relaciones, de sentimientos, y estos aspectos quedan claramente patentes en la película que presenta, por primera vez, al personaje de Antoine Doinel, alter ego del propio Truffaut, y que interpretará a lo largo de 20 años el mismo actor, Jean Pierre Léaud.

Truffaut trata la historia de una manera realista, exenta de sentimentalismo, al cuestionar la familia y las instituciones educativas. Pese al aparente tono pesimista en el retrato de la adolescencia, Truffaut nunca recurrió en su cine a la nostalgia o al dramatismo en las situaciones mostradas. Doinel no se muestra como un pobre desgraciado sino que sus correrías se siguen sin enfatizar la carga dramática de su soledad.

Antoine Doinel hace del París de los años 50 el escenario de sus pillerías, ya sea sólo o acompañado de su compañero René. El ambiente familiar de Antoine, compuesto por una madre fría y distante, aunque inalcanzablemente tierna a veces, y un padrastro algo necio, provocan en el chico un estado de constante tensión que trata de evitar en la calle, siempre a costa de las horas de clase. No es que sea un niño maltratado, sino que es un niño sencillamente no tratado.

Además de la preocupación temática (claramente autobiográfica en este caso y como el propio Truffaut constató en varias ocasiones), habría que señalar la adopción de postulados de la Nouvelle Vague como el realismo, la sencillez y sobriedad narrativa, el humor sutil, la renuncia a la artificiosidad y al efectismo, la objetividad del relato y un gran tono artesanal.

Pocos cinéfilos no reconocen en esta película una de las mayores obras maestras de la historia del cine, y es que la vida del joven Antoine Doinel está tratada con una exquisita sensibilidad, haciendo gala de una habilidad narrativa sublime. Sin duda, una película imprescindible, redonda de principio a fin, un poema pasado al celuloide, cuya escena final realmente da escalofríos por el elevadísimo nivel de lirismo al que llega el director francés. Los cuatrocientos golpes es mucho más que la historia del joven Antoine Doinel, es también una alegoría a temas como el paso del tiempo, la nostalgia, el sentido del castigo, el aprendizaje, la inocencia y, por encima de todo, la búsqueda de la libertad y la belleza.

Otro aspecto que Truffaut defiende en sus escritos es el de dar libertad a los actores para convertir las frases del guión en sus propias palabras. Esta preocupación por dar una veracidad al mundo y a los sentimientos de los personajes queda reflejada en la película puesto que muchas de las frases que escuchamos al joven Doinel son obra de su actor, Jean Pierre Léaud.

Truffaut es un incansable defensor de cierto tipo de cine y de la literatura. Decía que no podía entender la vida sin ver un par de películas diarias o sin leerse 3 ó 4 libros a la semana. En este sentido, Los cuatrocientos golpes rinde homenaje al cine (París nos pertenece, Rivette; Cero en conducta, Jean Vigo; Ciudadano Kane, Orson Welles) y a la literatura (Balzac).

También es coherente con su apuesta por el rodaje en exteriores. En la película abundan las secuencias rodadas en calles de París, con un acertado trabajo de cámara con planos picados, reflejos en cristales, giros, imágenes congeladas, travellings y filmaciones máquina en mano.
Por último, quisiera afirmar que la sobriedad de exposición caracteriza toda la cinta, una sobriedad que aún imprime más poesía y sentimiento en la historia del niño que la que hubiera supuesto un dramatismo mayor de las situaciones. Es quizás esta poesía indirecta, nacida de la realidad y no metáfora de ella, la que convierte a Los cuatrocientos golpes en un film tan especial.

Sofía Capilla Torres

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